
El Mundial de Fútbol es uno de los momentos en los que nos pensamos y actuamos más abiertamente como comunidad
Franco Reyna investiga la historia social y cultural del deporte en la UNC. En esta entrevista analiza qué hay detrás de los sentimientos que cada cuatro años unen a toda Argentina
El Mundial de Fútbol 2026 vuelve a encender pasiones en Argentina. ¿Qué hay detrás de esa emoción colectiva que sentimos cada cuatro años y que nos une en un mismo deseo: salir campeón?
Franco Reyna, docente de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la UNC e investigador en el Instituto de Estudios Históricos (IEH) del Conicet, estudia el deporte desde la historia social y cultural.
En esta entrevista utiliza la figura de “comunidad imaginada” para explicar esos sentimientos colectivos. También repasa cuándo y por qué los ídolos del fútbol se volvieron ídolos nacionales. Y advierte: “Las emociones que genera el mundial tienen un efecto pasajero que no inciden políticamente”.
– ¿Qué generan los mundiales de fútbol en la sociedad argentina?
– El Mundial de Fútbol es uno de los momentos en los que nos pensamos y actuamos más abiertamente como comunidad. Compartimos una experiencia colectiva que nos permite pensarnos como comunidad nacional, porque de alguna manera hacemos esa asociación entre una selección de fútbol y un país. Eso claramente es una ficción que parte de una idea de «comunidad imaginada» que han planteado autores como Benedict Anderson. Esa categoría implica que no nos conocemos todos, no nos vamos a conocer, pero aún así nos sentimos representados como miembros de una misma colectividad. Y eso que se ha imaginado no significa que sea falso, sino que es una construcción simbólica y produce sentimientos reales de pertenencia.
– Algo así como que el fútbol representa una idea de nación.
– Claro, encarna simbólicamente el país, por más que sean solo varones y jóvenes. Sus triunfos y derrotas son vividos colectivamente como si fueran de todos. Claramente el fútbol no es la nación, pero sí ayuda a construir esa idea de unión que se pone en juego en los mundiales.
– ¿Y qué lo diferencia de otros rituales, como la política, la religión o el arte?
– El mundial como ritual es una ficción más pasajera y de resultado más incierto que otros como la política o la religión. Además, logra consensos más amplios. Pareciera que las diferencias no se eliminan, pero sí que se suspenden por un tiempo. Hay una idea de algo así como simultaneidad emocional que no sé si logra tanto en otros ámbitos o, al menos, de manera tan masiva. Obviamente también existe toda una industria por detrás que la forma, la condiciona y que es muy rentable.
– ¿Se pueden separar los mundiales de lo que es el fútbol local desde el punto de vista de la construcción de identidades? Hay muchas personas que solo se conectan con el fútbol en los campeonatos mundiales.
– Las identidades que se ponen en juego en los mundiales son mucho más amplias que lo que se vive en los clubes. Porque el fútbol local se construye a partir de otras identidades más ligadas a construcciones asociativas concretas, los vínculos territoriales que estas tejen, la construcción de imaginarios barriales, la capacidad de integración, de pertenencia a una comunidad local. Y son vínculos más fuertes porque las redes de sociabilidad son mucho más directas.
– ¿Qué reflexión puede hacer sobre la construcción en el imaginario argentino de “héroes” y “villanos” de los mundiales?
– Hay que remitirse a la historia para responder eso. Es un mecanismo que empieza a operar –obviamente no a los niveles actuales– desde la década de 1920 y 1930 del siglo pasado en adelante, cuando comienzan a construirse narrativas nacionales alrededor del deporte. En la Argentina de finales del siglo XIX, con la creciente inmigración interna y externa, se genera la necesidad de elaborar una identidad nacional que integre a la población. Y, como dice Pablo Alabarces, el Estado opera en ello a través de dos mecanismos: la escuela pública y todos sus rituales; y, por otro lado, a través de la industria cultural, que se articula con una creciente cultura de masas en esa época, que produce narrativas principalmente a través de la prensa o la radio. Allí se asocia al fútbol con la nación. Y en esa misma operación se asimilan ídolos deportivos a ídolos nacionales. Los héroes populares son más reales, están más al alcance.
– ¿Y, en el plano futbolístico, se empieza a hablar de un estilo propio del juego?
– Sí, esto va de la mano con esa creación imaginaria de un estilo de juego que se diferencia del inglés por esos años, que era más mecánico. Además, opera la construcción del “otro” como rival, como “enemigo” del cual hay que diferenciarse para construir lo propio. Así nace el estilo de juego “criollo”, representado por la gambeta, la picardía, de la cual también se nutren esos ídolos. Y el éxito deportivo vuelve eficaz este vínculo entre esta creación imaginaria y los ídolos. Mientras que la derrota los puede poner en lugar de “chivos expiatorios” y terminar siendo los “villanos”. Todo esto sigue operando en la actualidad. En la victoria se destaca en los ídolos su “potrero” y que “dejan todo por el país”. Y en las derrotas aparecen ideas como los intereses particulares, que “les importa solo la plata” y esas cosas. Parece que el fracaso deportivo está a la altura del fracaso como nación.
– Este mundial está teñido por todo el aparato cultural y publicitario de EE.UU. ¿Qué piensa que cambia en las copas mundiales cuando ocurren en lugares como este?
– El fútbol ya de por sí parte de una industria global que se nutre de eventos, de publicidad, merchandising, derechos de televisión, etc. Las copas mundiales explotan eso. Pero también es verdad que hay lugares donde esa lógica comercial prima mucho más que la deportiva y este parece ser un claro ejemplo. Pienso, por ejemplo, en la “pausa de hidratación”. Todos sabemos que más allá del clima es una estrategia publicitaria muy común en deportes estadounidenses. No importa si los partidos se juegan de noche o en climas más frescos: la pausa se va a hacer igual. Y los precios de las entradas son carísimos, que alejan al público habitual de este deporte. A eso se suma que estamos hablando de Estados Unidos, un país que está en guerra con otros, que avala genocidios, que reprime y persigue a inmigrantes propios.
– Existe una idea generalizada de que se utilizan políticamente los mundiales para “tapar” o maquillar realidades. ¿Cómo piensa que opera eso en la actualidad?
– Los políticos sí creen eso y, por supuesto, creen que hay un uso político. Porque se toman medidas impopulares en momentos en que el centro de la agenda está en otro lado, en este caso, en el mundial. Probablemente, ahora se quiera avanzar en temas como privatizaciones, extranjerización de la tierra, la declaración jurada de Adorni, o la eliminación de las PASO. De todos modos, no tengo claro hasta dónde funciona eso, porque la gente tiene que seguir yendo a comprar comida en pleno mundial, comprar remedios, ropa, tiene que seguir usando el transporte, tiene que seguir pagando tarjetas, o el costo del colegio. Y ahí no hay show que tape la realidad. Las emociones que genera el mundial tienen un efecto pasajero que no inciden políticamente. Los problemas siguen estando latentes porque la realidad golpea cotidianamente, así que me parece que esa idea de que el mundial puede tapar, depende de quién la mire.